jueves, 8 de mayo de 2014
lunes, 22 de julio de 2013
La sordera del Mañana, Parte 6 (FINAL)
Se ha activado la
pista de audio 9, reproduciendo
Ya dejé de escuchar
los pasos, seguramente es porque se esta oscureciendo, ahora tengo que
permanecer oculto hasta mañana, creo que rocé unas ortigas en el pantano porque
me arden las canillas y tengo un horrible sarpullido. Mamá, Papá, perdonen
todo, es solo que… es muy difícil, tengo hambre, frío, no sé que hacer,
perdonen las lágrimas, los quiero y…
Capitulo 5: “Los lobos
se cazan en manada, la manada caza a los lobos”
Escuché como el chirrido de mi grabadora
indicaba que no quedaba más espacio en la cinta magnética para grabar mi
mensaje de despedida, me arrastré entre el barro y las ramas para hacerme una
vista a todos los posibles enemigos, cuando se hacía de noche la mayoría de los
cazadores se retiraban a sus casas después de un productivo día de
acechamiento, sin embargo era ahí donde los llamados “expertos asesinos” (cuyas
chaquetas brillaban por las medallas que habían conseguido en sus años de
experiencia) preferían cazar a sus presas.
Entonces el sonido de un motor
alertó mis oídos, llegaba un nuevo camión de carga y sus pasajeros deberían
enfrentar al igual que yo la extensa planicie dunar bloqueada por la pared de
concreto a la que denominaban playa “la boca”. Las puertas de la carroza se
abrieron y dejaron ver a los condenados pegados a las paredes imantadas a
través de las esposas magnéticas que llevábamos en las muñecas, la fuerza
invisible es más difícil de cortar que el acero.
Un hombre bajo con un uniforme azul descendió
del vehículo, no tenía ningún arma, no las necesita, sólo posee un pequeño
control plástico con el que revierte la polaridad de las esposas provocando que
los presos salgan disparados del interior, ahora tocaba el discurso final, el
que ya tenía memorizado y repetía a una alta velocidad coreado por la voz
femenina.
“Ahora se encuentran en la zona uno de la zona de libre caza, no hay
salida, las reglas son simples, sus esposas están programadas, cuando su tiempo
de condena acabe la polaridad se invertirá y una máquina voladora los atraerá
para sacarlos, si mueren la falta de pulsaciones cardíacas activará las esposas
y la maquina los retirará de igual manera, si se acercan demasiado a los
límites de la reserva sus grilletes se pegarán a los barrotes metálicos y serán
un blanco fácil, no se les alimentará ni se les sanará durante su estadía al
menos que haya sido previamente especificado por el juez, buena suerte a todos
y adiós”
El hombre se dirigió al camión y aceleró hacia la salida, ahora me encontraba observando las víctimas, las
primeras dos horas muere el 75% de los reos porque no encuentran donde
esconderse, y en este caso los disparos y los cuerpos volando para ser
retirados me dio una cruda escena que revivió la primera hora que había pasado,
donde las personas con las que había charlado en el camión eran acribilladas y
retiradas como bultos por medio de sus grilletes mientras yo corría hacia el
pantano a esconderme y desde ahí ahora me concentraba en una manera para sobrevivir
entre las lágrimas y el miedo, mis ojos visualizaron la única salida posible,
justo detrás de la cuenca del río, había que atravesar unos matorrales pero
había un túnel apantanado que antes liberaba el extinto río Aconcagua, detrás
de él estaba la continuación de las líneas del tren al norte, si lograba llegar
sin acercarme a las rejas metálicas podría escapar…
Los disparos certeros alcanzaban a los novatos
del dunar mientras yo me arrastraba bajo
las zarzamoras hacia el pantano, un par de gritos me pusieron la piel de
gallina, había mujeres, niños, todos muertos en manos de las personas con las
que seguramente convivía todos los días “son criminales y merecen morir” era el
argumento más usado, sin embargo en ese momento no me sentía como un criminal, ni
como alguien que mereciera estar astillando sus brazos contra las impenetrables
espinas de la maleza. Y mirando mi salida un ruido seco me detuvo, un arma
cargándose justo detrás de mí, con la mirada perdida volteé mi cuerpo y pude
verlo, me apuntaba con una escopeta lista para disparar.
-Sabía que vendrías a
esconderte aquí- dijo seriamente sin moverse un centímetro, tenía la chaqueta
cubierta en estrellas plateadas, había matado a por lo menos veinte, ¿treinta?,
no era el momento para ponerse a contar, comencé a llorar de miedo al ver sus
ojos cargados en rabia y sangre, como un animal encabronado.
-Nico- dije con un
nudo en la garganta -por favor- mientras, yo veía
la salida del otro lado de las moras tratando de arrastrarme por el barro.
-No,
Diego, no puedo hacer nada, tu te metiste en esto solo, mi mamá no deja de
hablar de suicidio y mi papá no va a trabajar desde el juicio ¿porqué no podías
escucharme?- y su expresión cambió súbitamente a tristeza -Nadie va a matar a
mi hermano más que yo, no lo soportaría... es mi culpa- una lágrima salió de su
mejilla mientras afirmaba con más firmeza su escopeta.
-No te voy a pedir perdón
si a eso viniste, no se porque finges ser un tipo que sigue las reglas si en el
fondo sigues odiando este lugar- dije cambiando mi actitud al no entender que
le pasaba a mi hermano, nunca lo había visto llorar en mi vida, ni siquiera
cuando había perdido a su novia de toda la vida.
-No sabes cuanto te equivocas- Escuché el grito de rabia de mi hermano, después un disparo, otro disparo, luego todo
se puso negro y me quedé inmóvil en el barro.
Un tercer disparo, ¿era posible que escuchara
después de morir? No me veía a mi mismo siendo elevado hacia el imán, en
cambio, vi como caían miles de vidrios del cielo y como se elevaba otro reo
cercano al pantano.
-Toma- me dijo lanzándome un par de barras alimenticias -si
le di bien a las ampolletas el corte de luz de esta zona durará más o menos una
hora, voy a matar a todos los que se acerquen así que corre y cruza el humedal
y las palmas horadadas.
Impactado me levanté a abrazarlo, mis esposas se
pegaron a su escopeta y tuve que forzar su salida, saqué de mi bolsillo la
grabadora y se la di sin dejar de llorar, sin embargo, él me empujó hacia el
camino y me obligó a apresurar mi huida hacia la alcantarilla del extinto
carril fluvial, era mi única oportunidad de sobrevivir.
Se ha activado la pista de audio 9,
reproduciendo.
“…porque me arden las
canillas y tengo un horrible sarpullido. Mamá, Papá, perdonen todo, es solo
que… es muy difícil, tengo hambre, frío, no sé que hacer, perdonen las
lágrimas, los quiero y… y perdónenme todos, no me arrepiento de haberle abierto
la vista al mundo, el mundo merece saber que existe algo más que una voz
obligándolos a ser perfectos y la música era la forma de hacerlo, los sonidos,
las letras, solo son reflejos de que existe algo más dentro de nosotros que una
máquina lista para actuar y de que la rebeldía hacia nuestra naturaleza hubiera
sido no haberme arriesgado a buscar una realidad diferente, sin embargo ahora
desearía que mi hermano estuviera aquí, Nico, si alguna vez escuchas esto
quiero que sepas que aunque hayas cambiado mucho sé que aquel chico deportista,
el primero de la clase, amado por los adultos, los profesores, todas las chicas
del colegio persiguiéndolo como moscas siempre envidiando a su novia de la
infancia, ayudando a los ancianos, repleto de amistades, que fue una inspiración para mí por años incluso
al punto en el que comencé a vestirme como él y hablar como él solo para ser
más inteligente y que mis padres me pusieran un poco más de atención sigue
escondido dentro de ti, quizás algún día lo vuelva a ver y eso espero, sin
embargo sigo queriéndote y creo que tuve que haberte dicho mis planes desde el
principio, dejo que esta grabación sea mi ofrenda de paz…. Dejo que esta
grabación sea mi ofrenda de….”
La pista de audio ha acabado, no
hay más espacio en la cinta…
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lunes, 15 de julio de 2013
La sordera del Mañana, Parte 5
Se ha activado la pista de audio 8, Reproduciendo:
El ruido agudiza el miedo, no se distinguir entre un pájaro y un
cazador armado, no quiero ser un premio, no quiero ser la estrella de metal que
estará en la chaqueta de algún deportista, tengo que salir del arbusto de
moras, correr al bosque o al río y rezar porque nadie me vea. Es raro que hace
algunos meses hubiera dado todo para hacerme notar, ahora ya no importa, todo
se arruinó. Sergio, si me encuentran y sigues vivo para escuchar esto,
recuerda, “no se puede alcanzar el cielo pisando las nubes”
Capítulo 4: A veces se gana, a veces se pierde.
Una semana, eso fue todo lo que
necesitamos para terminar nuestra primera canción, estaba básica, tenía solo
cuatro acordes pero aun así no se había visto algo igual en siglos “pero no
tiene nombre” discutíamos constantemente a medida que se acercaba la fecha
límite, simplemente no había forma de nombrar algo que para nosotros era tan
desconocido, y ese no era el último de los problemas.
La baja en mis notas
había hecho que la “voz” alertara a mis padres, y las radios de la casa habían
comenzado a repetir constantemente “El
alumno Diego Verdugo tiene la obligación de estudiar dos horas diarias, una vez
que sus notas suban cinco puntos este mensaje dejará de sonar, El alumno Diego
Verdugo tiene la obligación de estudiar dos horas diarias, una vez que sus
notas suban cinco puntos este mensaje dejará de sonar”.
Mi padre se volvió
loco después de los primeros dos días, mi hermano, que no pasaba mucho en casa
me vigilaba como un sabueso cada minuto que me tenía a la vista y tuve que
faltar a varias prácticas por eso, mas nada impidió que llegara el sábado y que
escabulléramos las partes de la batería a la cloaca donde los vagabundos habían
abierto un par de caminos al espectáculo, un gran mesclador cromado, algo
oxidado y artesanal de por lo menos dos metros de ancho ocupaba la mayor parte
del escenario.
Ahí detrás nos hicieron instalar nuestros instrumentos e
inventos para tener nuestra primera oportunidad. No puedo estar seguro de que
sabía que estaba haciendo, pero estaba convencido de que era lo que quería,
además, era la primera vez que haría algo para lo que sentía que era bueno en
frente de gente real, no de un espejo o un robot sociabilizado. Me preocupaba aun
el mecánico, no lo conocía bien, y no sabía lo que era su batería, me dijeron
que estaba listo, pero algo en mi lo dudaba con descaro.
Me acerqué hacia el encargado de
colocar la música, un hombre alto que miraba su máquina con psiquiatría
mientras movía tuercas y tornillos. Pude notar un par de cosas interesantes,
como los cables de colores que salían hacia los parlantes y las cajas con
diferentes entradas para aparatos arcaicos como DVD’s, USB’s e incluso cintas
magnetizadas de sonido según me explicó el técnico cuando le pregunté. Intenté
entender que eran las siglas, pero simplemente me dediqué a ver los artefactos
desde cerca, jamás en mi vida había estado siquiera cerca de tales
ilegalidades, algunos cuadrados, otros redondos, otros del tamaño de mi dedo
pulgar y otros que doblaban la superficie de mi cabeza.
-¿Qué tanto miras?- escuché la
voz del hombre alto -¿Nunca habías visto una músico?
-Nunca- mi respuesta pareció
sorprenderlo, no tenía más que agregar que una sonrisa ingenua, y el
maquinista, con un tono de seguridad se movió un par de pasos a la izquierda y
me invitó a ver el aparato más de cerca, pero no tocarlo.
-Estos controlan la canción que
viene, estos modulan los bajos y los volúmenes, este de aquí distorsiona el
sonido…- comenzó a enumerar las partes de memoria, corroborando mi hipótesis
sobre su estado psicológico en relación con su máquina, una vez que terminó
volvió a su trabajo y me volvió a ignorar por lo que fui a refugiarme con la
banda, la que ya tenía instalados todos los instrumentos, afinados y listos
para tocar.
-Y si les gustó esa pieza de- el
narrador hizo una pausa para leer su memorándum -Un tal "Nirvana", amarán lo que
viene. Una banda real, por primera vez en cientos de años, escucharán música de
las manos de los creadores, denle un aplauso a… ¡Intrusos suburbanos!
No había
forma de que odiara más ese nombre, pero como solo habíamos tenido un par de
minutos para escogerlo no estaba ni en la posición ni en la situación para
discutirlo. Exequiel levantó las manos y cerró los ojos, como buscando una
respuesta en sí mismo que nadie más podría contestarle, yo por mi parte no
podía dejar de temblar al encontrarme desde mi rincón, siendo observado por
cientos de personas que esperaban la situación oportuna para criticar, gritar y
atacar.
Los aplausos mitigaron mis malas
expectativas, nunca había logrado nada
por mi mismo, me empeñaba en transformar cada segundo de esos efímeros
momentos de éxito, habíamos logrado un nombre, hasta el baterista de quien
desconfiaba había lucido su mejor técnica.
Nadie del público había oído jamás
música real, al punto que el mezclador de pistas que me había mirado con un
aire de burla ahora se encontraba shockeado por los platillos del invento del
mecánico. Estaba claro que nos querían de vuelta, y no solo eso, el mezclador
se acercó a nosotros y nos propuso usar su máquina para grabar y difundir la
música “Tengo un montón de cintas en blanco que nunca supe en que gastar,
podríamos masificarlos a Santiago y al sur”.
Así comenzó el salto a la fama, de
ese día a la semana siguiente ya teníamos no solo esa oferta, sino que en mi
colegio se había esparcido el rumor de una banda a la antigua que se había
formado bajo la ley estaba tocando, aun no se sabia bien quienes eran los
músicos misteriosos que pretendían salir a la fama en contra de lo que la ley
absoluta estipulaba.
-El vocalista nació bajo tierra y nunca fue marcado con un
número de serie, el baterista perdió la memoria, el bajista surgió de la nada y
el guitarrista, es como si lo hubieran traído del siglo antepasado- las
leyendas urbanas y los comentarios variaban, nos sentíamos como fantasmas, me
atrevería a decir que como dioses y esa mañana en la que desperté con un
horrible dolor de cabeza debido al alcohol que habíamos logrado conseguir
después de tocar en un espacio de la cloaca, no había dormido en mi casa pero
mis padres creían que estaba donde Tampier haciendo una tarea de historia para
la que nos habíamos atrasado (La verdad ya estaba acabada y predispuesta en mi
carpeta electrónica).
Con mucho cuidado me levanté, caminé hacia la escalera y
me vi en medio de la noche en la turbia ciudad del concreto, alguna vez llamada
la ciudad del mar. El taxi a casa me costó la paga de toda la noche, sin
embargo no podría nunca completar su tramo, sentía un frío en los huesos que no
era provocado tanto por el clima sino por un malestar en la boca del estómago.
Luces platinadas y enrojecidas iluminaban toda la cuadra anterior a mi casa,
debieron ser por lo menos doce radio patrullas esperando parsimoniosamente a
cada lado de la calle. Bajé del vehículo con la frente baja y desvié la mirada
hacia mi casa. Mis padres discutían con un carabinero que llevaba una caja
metálica en las manos, sin embargo no lo dejaban pasar a la casa y al verme
avanzar por la calle entre los automóviles luminosos detuvieron sus gritos y se
quedaron impactados por mi aspecto algo demacrado.
-Guito- dijo mi madre en voz
baja y mi padre miró al carabinero mientras este encendía la caja metálica.
-Tu
brazo- me ordenó el uniformado, yo inserté mi mano en la máquina y esta comenzó
a tintinear “El alumno Diego Sepúlveda
Verdugo se presenta con la identificación de A-33” escuché la femenina voz
que tanto odiaba, otro carabinero se acercó al hombre de la caja esperando
órdenes “Es él” dijo señalándome y la caja de metal atrapó mi mano.
-¡Déjelo!- gritó mi padre mientras mi madre me sostenía la espalda, entramos a la casa
seguidos de tres uniformados, cada uno más agresivo que el anterior.
-Guito, ve
a buscar tu pistola- dijo mi madre casi llorando, mi padre la sostuvo unos
segundos mientras yo colapsaba del terror que me había causado esa orden, no
reaccioné y me quedé viendo a mis padres con los ojos impregnados en miedo
-¿Qué pasa guito? Tráela para que vean que todo es un malentendido- dijo mi
padre, y al ver que no respondía mi madre entró en llantos desesperados -Dime
que no es verdad, dime que no ¡DIEGO!-
El carabinero se acercó a mí y por
primera vez me miró a los ojos -¿Sabes lo que has hecho?-
Nicolás bajó la
escalera con un aire de desilusión mientras mi madre se lanzaba al sillón para
llorar
-No solo no la tiene, sino que encontré esto en su habitació-” dijo
lanzándome una cinta de audio en la cabeza con tanta fuerza que éste acabó
partiéndose en dos, hiriéndome la frente -Tiene CD’s, cintas magnéticas,
cuerdas de guitarra-, Mi madre dejó inmediatamente sus lágrimas para mirarme
con rabia
-¿Así que todo esto es por la música?-
La caja metálica comenzó a
brillar
-Son pruebas suficientes, llévenselo
-Se le acusa de matar a la
fallecida, desechar el arma, y huir.
¡Muerta! y por mi culpa. Era todo lo que pensaba al ver las imágenes de Isi, aquella linda chica de mi escuela, tirada en medio de calle Valparaíso con una bala en la sien.
¡Muerta! y por mi culpa. Era todo lo que pensaba al ver las imágenes de Isi, aquella linda chica de mi escuela, tirada en medio de calle Valparaíso con una bala en la sien.
-Así que tú
no la mataste, pero la conocías y fue asesinada con tu arma- dijo el fiscal
señalando las imágenes. Podía admitir que la había matado, una persona menos no
era tan grave, sin embargo no quería hacerlo, había algo en mí que lo impedía.
-Vendí el arma hace meses, el mismo día de mi cumpleaños- Se la había vendido a
la escoria de la sociedad y con los papeles, donde cualquier loco pudo haberla
comprado y haberse aprovechado de ésta, esa explicación complació al juez, sin
embargo el fiscal no se detuvo
-Primero que nada eso es ilegal, y segundo ¿podrías
decirle a todo este público que compraste con ese dinero?, ¿drogas?
Sonreí al
mirar a mi hermano, nunca lo había visto más decepcionado o más impresionado de
no saber exactamente que había estado pasando en mi vida los últimos meses.
-No, una guitarra-, todo el tribunal se quedó mudo, mi hermano se levantó agresivamente de su puesto en las butacas como si fuera a dispararme y permaneció mirándome fijamente a los ojos casi diciendo
-No, una guitarra-, todo el tribunal se quedó mudo, mi hermano se levantó agresivamente de su puesto en las butacas como si fuera a dispararme y permaneció mirándome fijamente a los ojos casi diciendo
-Lo supe desde un
principio- entendí que estaba frito, Tampier lo demostraba en su expresión
desde las gradas, justo entre sus padres que lo sostenían mientras me lanzaban
miradas de odio. Cuestionar a un adulto que no lo haya permitido antes, intoxicarse hasta perder el conocimiento, cruzar la línea del tren y comprar un instrumento musical, cuatro simples
reglas que no debían romperse, tres simples violaciones al sistema de mi parte.
-Soy el guitarrista de esa banda misteriosa que escribe canciones y de la que
todo el mundo ha estado hablando, pero no maté a esa niña- El juez ordenó un
par de papeles en su escritorio.
-Si hubiera sido tú, hubiera confesado la
muerte, una persona muerta vale menos que cien personas corrompidas, te daré
una oportunidad para que me digas el nombre del resto de los integrantes de la
banda.
Yo negué con la cabeza, era mi culpa, no la de Tampier, ni Fuenzalida
ni menos del mecánico -La ley establece que ninguna persona puede generar
música de más de dos tonos que no hayan sido aprobadas previamente, y estas
cintas contienen un poco más de eso.- dijo con un tono de duda en su garganta,
mi hermano, que aún no se sentaba alzó la voz. -Por Dios su señoría, espere, ya
no es un niño y razona, sé que debe ser condenado pero- hizo una pausa y su voz
cambió de misericordia a seriedad -yo te lo dije Guito, la música no había
matado a nadie aún- sus ojos estaban repletos de rabia, decepción y miedo, como
si librara una batalla consigo mismo.
-Nicolás Sepúlveda Verdugo, te ordeno que
te calles, tal como hice contigo cuando te levantaste contra ese policía,
aplicaré la ley, eso a ti te reformó- volteó la vista mí -has roto más reglas
de las que yo puedo memorizar, por lo tanto te condeno a la zona de caza libre
por una semana- nadie había sobrevivido más de setenta y dos horas con el frío,
la humedad, y los perdigueros, según escuché alguna vez a mi madre, mi hermano
había recibido un balazo en la canilla y su novia Melissa no había durado las
24 horas.
Ahora me tocaría cosechar lo que yo mismo había plantado, tenía
veinticuatro horas para recoger mis cosas y en 48 horas el camión nos llevaría
a los reclusos a la zona roja, Tampier se acercó llorando a mí mientras
caminaba fuera de esa oscura habitación.
-No tenías que hacerlo tu solo, no vas
a durar una semana ahí- su voz estaba plasmada de pánico, yo puse mi mano en su
espalda con un nudo en la garganta.
-No planeo hacerlo- mientras nos alejábamos
de la masa hice una pausa y le di un apretón manos
-Entonces supongo que éste
es el Adiós- y así concluía mi discurso de rendición, firmado con una sonrisa.
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