Mostrando entradas con la etiqueta Ciudadzen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ciudadzen. Mostrar todas las entradas

domingo, 7 de julio de 2013

La Sordera del Mañana, Parte 4

Se ha activado la pista de audio 7, Reproduciendo:

Ya no puedo contra el frío, ya no puedo contra el sueño. Para la época que escuches esto ya estaré muerto y en este momento no hay nada a lo que le tema más que a eso. ¡Mierda!. perdón, estoy antipáticamente nervioso. Debes escuchar la historia real, no como la que escribieron en tu libro de historia ni como la que le implantaron a tu padre para que te contara, ¿escuchas eso? Es uno de ellos. Cambio y fuera

Capítulo 3: Los peces que quisieron caminar
Las semanas bajo la tierra pasaron y así comencé a mejorar mi técnica, mis notas bajaron porque ahora había algo mejor que hacer que estudiar, tenía el mundo a mis pies porque mi mundo era la música y mis partituras se escondían bajo el falso colchón de mi cama.

 Tampier sabía ya tocar el bajo, aunque su aprendizaje había sido auspiciado por sus padres que consideraban que mientras se mantuviera a la raya era mejor que estuviera expresándose a que fuera uno de los cientos de adolescentes que solían suicidarse en la semana.

El mundo sufre de hambre, calentamiento global irreparable, pobreza sesgada, depresión y guerras en todo el polo atlántico norte por el agua y los recientes recursos encontrados. Sin embargo el problema clave, lo que se ha controlado solo con matanzas, es la sobrepoblación mundial. No hay enfermedades letales como hace doscientos años, no hay control suficiente para la inmigración, no hay identidades ni privacidad, ya no existen grandes casas como las de las fotos antiguas, no hay nada que me permita ser un individuo y no parte de una masa, nada excepto la música, pero no todos la tienen y es por eso que además de las zonas de libre cacería humana, los suicidios en todo grupo social son comunes, la muerte no vale nada.

-Hoy el obituario es más largo que la semana pasada- escuché al Nico comentarle a mi madre con un tono de preocupación esa mañana -El informe que hicimos en la universidad decía que la tasa de muertes en manos criminales se ha elevado y cómo se masificó la seguridad de la policía no se entiende el “porqué”.

-No tiene nada que ver con nosotros- le dijo mi madre con una sonrisa –No sé para qué te preocupas.

-Me preocupo porque el Diego está justo entre los 3 años con más índices de suicidios, mutilaciones y ejecuciones programadas, además de un porcentaje del 23% de estudiantes rebeldes que el gobierno está simplemente lanzando al frente de caza.

-No soy tonto- dije tomando una taza con leche –No me meto en líos, y no tengo depresión.

-Aun así estas saliendo mucho con ese amigo tuyo, el Sergio, ese niño rico tiene complejos de rebeldía y se junta con gente que pronto van a mandar a  cazar.

“Y ni  siquiera sabes que ya estoy tocando solfeos y más de ocho acordes en una sola canción” Pensé con una expresión de satisfacción “si solo supieran”. -Que no te agrade Tampier no significa que sea una mala junta ni que se vaya a matar- le dije con un tono grave para que comprendiera de una vez que no me interesaba su opinión.

Mi hermano se limitó a volver a su computadora, suspiró con decepción, se levantó y subió las escaleras con pasos pesados como para hacerle saber a su familia que no se sentía cómodo siendo ignorado.

-Tu hermano tiene razón en algo, tienes que tener cuidado Guito- dijo mi madre al ver mi cara de impotencia, creí que por fin había ganado una pelea, pero la actitud de mi hermano me había dejado con un sabor amargo en la garganta. Y esa incapacidad de poder dejar a mi hermano sin palabras aun cuando tuviera razón me siguió hasta el colegio y las clases. Únicamente pudo calmarme el timbre de salida.

-Quiero presentarles a alguien novatos- Exequiel se veía animado, el día anterior habíamos logrado coordinarnos lo suficiente para lograr que los acordes combinados no sonaran como un accidente de tráfico entre un camión y una vaca, habíamos regresado de la sub-ciudad con la sensación de éxito que solo se logra cuando se gana algo que se ha buscado por mucho tiempo y ahora no nos dirigíamos  a la antigua estación sino que en dirección opuesta, ahí entre las estaciones de servicio y los talleres mecánicos que ocupaban un barrio completo de la ciudad había una tienda que se habría desde un gigantesco garaje cubierto de pancartas con letras azules que resaltaban, pero no pude leer bien lo que decían.

Fuenzalida tocó el timbre de la casa contigua y sin esperar más de medio minuto un chico, más o menos entre los dieciocho o diecinueve años abrió la puerta. Su rostro estaba cubierto de grasa negra y su cabello castaño oscuro por un polvillo plateado, estaba vestido con un overol azul que de no ser por un par de zonas desempolvadas pudo fácilmente haber sido beige.

-Fuenzalida, ¿Qué onda? Pensé que no venías hasta el viernes

-¿Tienes listo mi encargo?- respondió el rebelde sacándose las gafas para entrar en el local, con automóviles antiguos en fotos colgadas en las cuatro paredes y un mostrados con una caja registradora en medio de cientos de diferentes llaves y herramientas de taller.

-Solo me falta un par de detalles, ¿por qué? ¿Quieres verlo?- dijo el chico preocupado

-Sí, y ellos también- dijo señalándonos, sin embargo el mecánico no nos hizo buena cara, seguramente la chaqueta de Tampier estaba demasiado limpia o mi cabello demasiado engominado.

-Pasen- dijo éste abriéndonos la puerta del garaje el cual estaba hasta el tope de repuestos de autos de todas las clases y años, dejando un par de vehículos superpuestos en clara “reparación” en medio de la sala, no tenía idea de que hacíamos ahí –No toquen nada- nos advirtió el mecánico caminando entre las pilas de chatarra acumulada hacia el fondo del taller, había un par de hombres de mayor edad sobre los motores funcionales, pero no nos tomaron atención desde sus fijos puestos de mecánica – No he tenido tiempo de probarlo– dijo el mecánico abriendo una última puerta hacia una habitación que tenía una gran cantidad de motocicletas.

En medio, una frazada mugrienta cubría un aparato de dudosa forma que no habría podido reconocer por mí mismo, y al despojarlo de su cubierta me vi aún más confundido, solo eran un montón de piezas pegadas por engranajes en forma de llantas.

-Me basé en el plano que me diste y en la foto, pero recuerda que no estaban completos, así que tuve que imaginar el resto

-Quedó perfecto- era la primera vez en mi vida que veía al chico nuevo con una sonrisa en la cara, estaba complacido, feliz.

-Eeeeh, ¿Qué es eso?- preguntó finalmente Tampier  quien se veía tan confundido como yo.
-Una batería- dijo Exequiel sin quitar su sonrisa –Ahora vamos a poder ser verdaderamente una banda.

-Puedes probarla- .le dijo el creador del aparato dándole un par de varillas metálicas –si quieres.

No entendía nada, sin quitar la sonrisa de su cara Fuenzalida corrió a la máquina y comenzó a golpearla con fuerza, no sabía si detenerlo o entenderlo, pero lo segundo parecía imposible, no era que los golpes repetitivos activaran algún sensor o que le dieran alguna facultad al trozo de chatarra, solo sonaban como metal crujiendo.

-Mier.., no sirvo para esto- dijo finalmente lanzando las varillas al suelo –Matías, ¿tu entendiste como hacerlo?

-Más o menos, no hay profesores que digamos- respondió el mecánico dándole otro par de golpes a la máquina

-Detente, no le veo el caso, las cosas no sirven a golpes, ¿no sabes que se rompe así?- pregunté algo asustado por el trato que se le estaba dando al invento, el Mecánico sonrió con fastidio y se detuvo.

-¿De verdad no sabes qué es una batería?- rió Matías y se dirigió a Exequiel -¿los sacaste de un internado?

-Los saqué de Concón- dijo Fuenzalida mirando la chatarra –Ahora me trasladaron a un colegio exterior.

-Eso lo explica todo- dijo sarcásticamente el mecánico y me miró con poca gana –Se supone que la golpees para dar ritmo

-Sí, y así podemos lanzar finalmente una banda, para eso los traje, para eso te pedí que arreglaras la batería- dijo Exequiel con una tarjeta en la mano –Mi hermano consiguió unos minutos de espacio en el concierto de las cloacas, seriamos los primeros en tocar música con instrumentos en más de cien años- Se le decía concierto porque se escuchaba música, pero en realidad era un grupo de gente que se reunía a escuchar viejos aparatos marchitos de audio que encontraban en la basura.

-Estás loco- dijo el mecánico acercándose a su invento – Nos matarán si nos descubren, y tus músicos, solo digamos que no están hechos para vivir en las cloacas, el más alto usa chaleco de Ralph Lauren  y el más bajo, simplemente no tiene la actitud.

-Eso lo agarrará con la práctica, ya está tocando bien- defendió el precursor de la idea –No tenemos que estar hechos para la música, tenemos que hacer nuestra la música ¿no me dijiste eso un par de años atrás?



lunes, 1 de julio de 2013

La sordera del mañana, Parte 3

SEGUNDA PARTE DEL DÍA DEL TERCER ACORDE

He odiado ir Viña del Mar desde la primera vez que la vi, me gustaría que se sintiera alguna brisa repentina como hay en Concón los días de niebla pero como está esa pared gigantesca en la costa, una edificación que instalaron cuando mis papás eran jóvenes para que nadie pudiera escaparse en balsa ni llegar por el pacífico. 

La ciudad no es solo gris sino que un invernadero de continuos 30º Celsius  entre cubos de cemento recién construidos sobre los que según mi abuela antes eran hermosas avenidas turísticas con árboles, iglesias (sean lo que sean), casas antiguas, carretas de caballos entre los automóviles, plazas inmensas y un clima ideal.

 Ahora es aún más gris que mi barrio, tanto, que sólo he ido un par de veces en el año porque tenía una visita al doctor y para firmar los papeles de derecho escolar. Si tuviera que imaginar un lugar peor que Viña es Valparaíso aunque nunca he llegado tan lejos, he escuchado de varios compañeros de educación física que ahí se comen a los perros callejeros porque todos viven en pobreza y que la pared de la costa es aún más grande porque antes solía ser un puerto muy importante, que no hay nada más que el refugio de un par de bohemios que viajan sin tarjeta y son buscados por la policía, que hay contaminación y un montón de detalles que me hacen recordar que yo podría estar peor.

-Aquí nos bajamos- dijo Exequiel tocando el timbre de la micro, la que se detuvo en el paradero de Arlegui para comenzar la cuenta regresiva de nuestro descenso.

Tras una pequeña feria artesanal en calle Valparaíso hay un callejón con varias puertas que no deberían dar a ningún lugar que me incumbiera. Cuando el sujeto al que conocía desde hacía media hora abrió una puerta de metal y bajó por una escalera oscura al fondo del subsuelo del antiguo metro ya casi había perdido completamente el interés en cualquier contacto con lo que llamaban música. 

Los detalles del pasillo oscuro son solo discernibles por las grietas de la calle que actúan como tragaluz, no parecía que nada más que un par de graffitis completaran el esquema que siempre me había hecho de aquellas vías del metro. Sin embargo, después de caminar alrededor de 10 minutos, mis oídos detectaron un par de voces normales, charlando a un tono neutro tras una curva del laberinto. 

Eran sucios, increíblemente sucios, con ropas viejas y ennegrecidas, barbas largas y canosas, casi como vagabundos, no creo que sea necesario acotar que sus caras no me inspiraron una pizca de confianza ni que en ese minuto Tampier (que venía de una casa donde su interacción con la “caridad” era invitarme a almorzar) llevaba una cara de asco y miedo que hubiera sido digna de una instantánea digital.

-Te dije que no trajeras más gente- dijo el más viejo ubicándose en medio del pasillo para bloquea nuestro paso
-Y luego te quejas de que no viene nueva mercancía- respondió Exequiel –No estaremos mucho tiempo
-Mientras no vengan de turistas no veo el problema de que pasen- le dijo el otro y tomó una caja
de comida china algo rancia para meter la mano y sacar los últimos residuos comestibles mientras nos hacía gestos de libre paso.

Las ratas que correteaban eran pateadas fuera del camino por la gran masa de comerciantes que había detrás de la curva de la alcantarilla, me atrevería a decir que habían más de cien “locales” vendiendo sus productos, encima, cientos de personas comerciando. 

Sólo nos quedaba seguir a nuestro guía suburbano, quien nos había advertido “No miren a nadie a los ojos o serán obligados a comprar”. En la quinta fila, había una tienda algo más formal, hecha con sacos de harina viejos, con pantallas digitales que mostraban una serie de números y dibujos que me costó un rato diferenciar pero que mostraba las ventas, compras, lugares disponibles, policías rodantes  y una lista de los objetos “más buscados” con un precio que cada local estaba dispuesto a pagar por éste. Exequiel se acercó al estante siendo directo al oído del dueño, quien sonriendo me miró y asintió con la cabeza, dejó a su asistente a cargo, y comenzó a liderar nuestro grupo en un tenebroso silencio mientras con una escoba limpiaba a las ratas que no dejaban de arrastrarse por su camino. Acabamos en un local algo abultado, repleto de aparatos eléctricos que no parecían funcionar y que seguramente debían tener entre cien y doscientos años como mínimo.

-¿Tienes una pistola nueva?- me dijo el dueño de la tienda, un hombre alto de voz firme que no me dejaba ver su rostro.
-Una M1911, nuevecita- dijo Exequiel quitándomela de las manos –Pagabas cien mil pesos por una
-Una intacta- dijo corrigiéndolo cortantemente –con papeles

Yo abrí los ojos con pavor, ¿Con papeles?, no tenía siquiera la intención de venderla bajo tierra y ese vagabundo me estaba pidiendo los documentos legales, la tinta aún no se enfriaba de lo frescos que estaban, de mis labios solo se escaparon un par de palabras carentes de reflexión.
 –Tengo los papeles en la mochila


La transacción se hizo en menos de cinco minutos, el hombre se había quedado con mi regalo de cumpleaños y ahora, yo ya en mi casa tenía en mis manos una mohosa pieza de dos partes con cuerdas tensadas por el mismo Fuenzalida, quien tenía una propia desde que sus padres se la compraron a los diez años, cuando escuché esa anécdota, lo único que pensaba era cómo seria tener una familia liberalizada. 

Fue impactante descubrir que uno de los vagabundos de la puerta era el tío menor del chico nuevo, y que desde que era pequeño había vivido entre las alcantarillas y el submundo de anti sistemáticos que se escondían para practicar no sólo música sino todo lo que estaba estrictamente prohibido por la ley. Entendí en ese momento, frente a la vieja guitarra, que lo que Exequiel quería, y la razón por la que soportaba mi ignorancia musical era porque todo el mundo que había visto esa tarde escondido bajo la gran ciudad estaba formado por personas que habían sido aplastadas por la ley y que no se atrevían a salir, personas que le habían dicho inmediatamente que no a la loca idea que había diseñado, el niño nuevo quería mostrarle al mundo real la música, y necesitaba de una banda, gente con el historial limpio, personas como yo o Tampier.

-Cenamos en catorce minutos y treinta segundos, Cenamos en catorce minutos y veintitrés segundos- escuché la voz de mi madre sonar en el transmisor de pistas de audio que estaba conectado a mi pieza, tenía poco tiempo, así que guiado por mis dedos, comencé a probar mi instrumento: Un Am ("La" menor), que logré viendo la primera foto que Fuenzalida me había entregado, Un G ("Sol"), de un dibujo que había encontrado en el subsuelo, juntos no sonaban tan mal, pero sentía que algo le faltaba, un elemento sorpresa, “Debe haber algo que los una” dije en voz baja mientras el contador me recordaba que me quedaban solo cinco minutos.

 Había otro papel en el estuche, una foto de un hombre vestido de indigente -en la realidad no es un indigente, es el estilo que él eligió- pensé impactado al ver la guitarra que sostenía como si fuera una extensión de su brazo ya que en lo profundo de mí quería lograr esa soltura con mi nueva adquisición. Un Fa, ese era el acorde que estaba haciendo, y lo logré en cosa de minutos. No podía juntarlos, no debía hacerlo, era ilegal, pero mi curiosidad fue más fuerte, en un minuto toqué las tres notas, justo cuando logré articular ese Fa, ese tercer acorde, la alarma de mi habitación sonó resonante, debía ir a cenar.






lunes, 24 de junio de 2013

La sordera del mañana, Parte 2

Se ha activado la pista de audio 6. Reproduciendo:

Hola ¿Sigues ahí?, espero que sí, ya ha pasado más de una hora y siento como baja el frío de la neblina plateada pero no tengo ni un par de calcetines secos porque me caí al río hace pocos minutos y no puedo salir en medio de estas moras aunque ya tengo varios raspones y espinas encarnadas. Dicen que cuando mis abuelos eran niños aún no habían cancelado la música del mundo, que existían miles de estilos y millones de canciones que buscaban siempre la originalidad, me pregunto cómo hubiera sido vivir en una época donde la música movía al mundo y construía a las personas, para mí hubiera sido el cielo en este mundo de música de mezclador y cantantes de computadoras con dos acordes para relajar al ganado. Cambio y fuera.

Capítulo 2:  El día del tercer acorde

Habían pasado ya cinco días desde el incidente y por fin había llegado la mañana de mi cumpleaños. Estaba tan emocionado que bajé al primer piso sin siquiera quitarme la pijama. Mi padre ya había partido a la fábrica y mi mamá me esperaba sonriente con un pastel de milhojas coronado en las velas encendidas mientras me saludaba con un  “feliz cumpleaños cariño”,  esa voz casi me poseía para abrazarla.
Soplé las velas con ansias y los ojos cerrados con cierto buen presentimiento, pero  cuando abrí los ojos esa alegría que estaba cubriendo el día más perfecto de mi vida se hundió en la desilusión.

 -¿Qué es esa cosa?- pregunté en voz baja viendo la caja del regalo sobre la mesa, mi guitarra no cabía dentro.

Mi madre no pudo responder, ya que desde la puerta de la cocina otra voz masculina y resonante se hizo notar “Hola hermanito, feliz cumpleaños” mi hermano me miraba con su característica sonrisa mientras esperaba una reacción de parte mía, la que yo interpreté con un apretón de manos y un simple “Gracias” para luego volver a mirar la caja esperando que mi madre pudiera darme alguna explicación.

-Diego- dijo con un tono bajo y tranquilo –lo discutimos con tu padre y con tu hermano y la verdad es que no creemos que una guitarra sea un regalo correcto para un jovencito como tú.
-La verdad- interrumpió mi hermano agarrando la caja envuelta en papel azul –Yo les dije que no te compraran esa cosa,  tenía voz y voto en la decisión, después de todo yo pague la mitad del regalo Guito, ya verás cuando lo abras que te encantará.
-Es una pistola, no quiero una pistola, las pistolas matan, las guitarras no- dije alejándome de ella.
-Mmm, no sabes nada- dijo mi hermano ya más serio – Por alguna razón las volvieron ilegales ¿no crees? Algún día la música matará a alguien.
-Las volvieron ilegales para controlar a las masas, ¿Qué pasa contigo Nico? tú me lo dijiste, pero seguro no te acuerdas de esa época en la que lo correcto era más importante. Antes de que se te subieran los humos a la cabeza y perdieras a Melissa, esa época en la que yo me vestía como tú porque eras mi ídolo, pero ahora eres mayor y no te importa,  espera, mejor ¿Por qué no te vas a tu universidad de Santiago y me dejas tranquilo?

Mi hermano no borró la sonrisa de su rostro -No mientas Guito, anda, no hagas drama y ábrelo, quiero ver tu reacción de emoción cuando la veas.- hacía oídos sordos a mis palabras.
Con cara de mal humor tomé la caja azul y la abrí de un solo tirón, dejando a la luz el cartón blanco opaco esperando, y dentro, una pistola azul brillante con mis iniciales talladas en el mango. Por un momento me quedé mirándola impactado, pero como no me agradaban las armas la dejé sobre la mesa y viré la vista hacia la caja donde estaban todos los papeles a mi nombre esperando a ser firmados mientras mi hermano y mi madre discutían lo buena que era esa pistola y las miles de características que tenía.

 -Desearía que me la hubieran comprado a mí a su edad, mira lo hermosa que es, una colt  M1911, con buen calibre y semiautomática para ir de cacería, a los gringos se les derretían los dedos en la segunda guerra mundial por usarla, claro, esta versión la mandé a hacer personalizada y cromada a color pero en esencia es no solo mi pistola favorita sino la de la mayoría de mis amigos en la centralnet. Si no tengo nada que entregar la próxima semana podría tomarme el tiempo de ir el sábado con el Diego al campo de tiro, o directamente a la zona fría de Concón, queda como a media hora

 Sin responder a nada de lo que dijo, preparé mi mochila y tras guardar la pistola dentro con su caja me despedí de mi madre y de mi hermano para salir y no llegar tarde a clases, sin siquiera haber probado el pastel.

La jornada se hizo cotidiana aunque la decepción que me había llevado amargó cada segundo de la mañana, desde pasar el registro sin importarme que vieran el arma, maldecir a la voz electrónica que me ponía los pelos de punta, recibir felicitaciones de cumpleaños y finalmente encontrarme con Sergio en clase de inglés para escuchar la pregunta que venía esperando toda la mañana.

-¿Y?, ¿Conseguiste el regalo que querías? O la idea de la banda está acabada.- No tuve la voluntad de levantar la cabeza, simplemente saque el regalo de cumpleaños y lo dejé sobre su pupitre para que pudiera verlo y reaccionara de la manera que esperaba -Ya veo, entonces no hay banda, no sé para qué pedí un bajo si sabía que tus papás nunca te iban a regalar la guitarra.

 No estaba de humor para darle la razón y continuar con el tema porque mientras menos pensara en eso mas rápido se quitaría ese malestar que las palabras y acciones de mi hermano me habían dejado esa mañana por lo que me centré en los verbos irregulares como si de verdad fuera a usarlos alguna vez en mi vida y esperé que el día hubiera acabado lo más rápido posible.

Antes de que me diera cuenta la puerta hermética ya se había destrabado y la voz nos advertía que saliéramos al pasillo para descansar unos minutos antes de nuestra próxima clase. Recibí el saludo de un par de compañeros por mi cumpleaños y uno que otro estudiante que se acordó de ese día.

No me podía considerar una persona “popular” no hablaba con todos, no era el más rápido, ni el más inteligente, incluso la linda chica nueva, Isidora, con la que por apellido y RUN no compartía ninguna clase, me dio un abrazo y una pequeña caja de chocolates. De repente el día ya no se veía tan malo y con solo un par de aburridas clases por venir, quizás la idea de compartir un tiempo disparándole al exceso poblacional en el campo de tiro con mi hermano y mi nuevo regalo se veía como una mejor idea, claro, hasta que terminaron las clases y supe que esa repentina atención se terminaría cuando cruzara el portón mecánico, justo en el momento en que la máquina encendía el mapa con el camino más corto a tu casa, ese que debías tomar para tener tiempo programado al hacer tus deberes. Ahí me esperaba Tampier y no estaba solo, un chico alto de cabello negro poco natural y los ojos serios profundos aunque apagados lo acompañaba, mientras parecía juzgar no solo mi apariencia sino también como me movía y a que altura tenía la mirada.

-¿Este es tu amigo?- dijo con una voz plana y masculina mientras mi amigo Sergio asentía con la cabeza –Pues no tienes la actitud de McCartney ni tampoco los movimientos de Slash, pero quieres tocar guitarra ¿No es así?- No supe bien qué responderle ya que la verdad su apariencia no me daba nada de confianza y además no tenía idea de que enfermedades estaba hablando porque yo nunca había escuchado de algún síndrome McCartney ni menos de un Slash, me alegraba no tenerlas porque quizás esas condiciones me limitaban.
-¿Tú eres el nuevo?- pregunté con una sonrisa dándole la mano pero este se mantuvo frío y seguía juzgando cada acción de mi parte – El que se llevaron ayer a la sala de castigos
- Sí, pero no veo porqué te importa si tú solo te escondiste para mirar lo que pasaba, tu amigo me dice que quieres encontrar una guitarra y ya que tienes una pistola yo puedo ayudarte a obtenerla - no sé cómo me convenció en los 45 minutos de regulación social -pero sólo si tu pase de estudiante te deja moverte a Viña del Mar –hizo una pausa para convencerse de lo que iba a decir-  puedo ayudarte con un par de condiciones de por medio.
-¿Cómo qué? – indagué con desconfianza.
-Si de verdad quieren aprender algo más de música que los dos acordes del himno nacional, van a tener que escuchar cada cosa que les diga sin importar qué tan raro suene, además hay otros como ustedes, la idea es reunirlos y entrenarlos en secreto, nadie puede saber nada ¿Entendieron?
-Yo ya te dije que sí, no veo el problema- dijo Sergio dándole la mano. La verdad yo no fui tan seguro en mi respuesta, veía a Exequiel con una postura algo encorvada y poco aire de autoridad por lo que tomar en serio su propuesta ahora que por fin comenzaba a resignarme a que el mundo no era tan malo como mi propio hermano me dijo alguna vez, no parecía una opción tan viable como el día anterior, la duda tocó mi lengua y sin pensarlo bien sonó un “si” desde el fondo de la garganta, se acabó el tema y sin hablar más nos dirigimos al paradero de buses interurbanos más cercano.




domingo, 16 de junio de 2013

La sordera del mañana, parte 1

Esta es la primera entrada a mi nueva novela corta, la sordera del mañana, está ambientada en la quinta región de Chile, es una novela post apocalíptica y ¡su trama es sorpresa! disfruten leyendo y recuerden compartir y recomendar!

Muy buenas tardes, se ha activado la pista de audio 5, reproduciendo:

“Ok, mi estado es bastante precario, son las doce del día seis de agosto de 2294 y debes escuchar porque no tengo mucho tiempo: Hay cuatro cosas que no nos permiten hacer a la generación del 90’: Cuestionar a un adulto que no nos lo haya permitido antes, Intoxicarnos hasta perder el conocimiento,  Cruzar la línea del tren y Comprar un Instrumento Musical. Siempre he pensado lo estúpidas que son las cuatro reglas que están pegadas en la entrada de mi colegio y quizás eso es lo que me llevó a romper tres de ellas y encontrarme en la situación en la que estoy. Pero lamentablemente si no transgredo la cuarta seguramente estaré muerto en un par de horas por un rifle calibre 7 milímetros. Me doy cuenta de que nunca vi venir esta situación, porque hasta hace unos meses siempre fui un protegido del sistema. Cambio y fuera.”

Capítulo 1: Lo que siempre y nunca existió

La habitación estaba bastante obscura esa mañana, y seguramente era porque el horario de invierno había comenzado a funcionar un par de noches atrás y todavía no me acostumbraba… Era un sonámbulo en la penumbra, desorbitado y encandilado. Sin embargo esta actitud cambió rápidamente tras ducharme e ir a desayunar. Cuando vi que mi padre no había partido aún a su trabajo y que mi madre tenía esa sonrisa de sorpresa en el rostro, supe inmediatamente que era el momento preciso para confesar.

-Cariño, sé que debimos haber esperado hasta que volvieras.
-Pero sabes que tu papá tiene turno extra en la fábrica los jueves.
Sólo un pensamiento se cruzó por mi mente en esos momentos “Lo han ensayado bastante” era lo mismo que le habían dicho a mi amigo Sergio el día de su cumpleaños número 16.
-Bueno, la próxima semana es tu cumpleaños y ya sabes que tenemos todo organizado.
-Pero no será tan organizado como el del Nico -  dije mirando la mesa para no ver su reacción.
Escuché el suspiro de mi madre y  con un hilo en la garganta mi padre respondió 
- Teníamos mejor situación económica cuando el Nico cumplió 16, pero ahorramos para poder comprarte algo igual de bueno - 
Mis oídos sonrieron - ¿Igual de bueno?
- Sí - dijo mi madre – Tu hermano nos mandó la mitad del costo para que pudiéramos pagarlo.
- Así que ¿Qué vas a querer para tu cumpleaños?- dijo mi padre más tranquilo comenzando su desayuno.
- Lo he meditado por casi un mes, primero pensé en una moto, pero como me falta un año para sacar licencia se oxidaría en la lavandería… así que tengo el regalo perfecto, no me vayan a decir que no. Quiero un aparato musical - Y tras decir estas palabras, mi padre dejó la taza humeante sobre el platillo de la mesilla.

Era normal que los adultos se alteraran un poco cuando sus hijos les pedían algo ilegal, pero mi lógica era muy simple: si Pablo, el vecino de trece años podía pedirle a sus papás que le compraran cigarrillos ¿Por qué no podría yo tener un instrumento musical si era mi responsabilidad? pero ellos teníanperfectamente claro que la ley de dos sonidos corría peligro bajo mi albedrío. “Eres demasiado imaginativo para tener esa libertad Guito, no se si sea conveniente, ya sabes que no es solo probar cuando se trata de ti” dijo mi padre y de la nada murmuró mirando a la pared “La ley 2038.55 del reglamento de comportamiento social gubernamental dice explícitamente: Los sonidos emitidos por el hombre no deben expresar sentimientos ni componerse de más de dos tonos, sanción: 24 horas de lucha en la zona de reducción de población”. Hace ya tiempo mis padres se habían dejado instruir por máquinas, lo sabían todo de memoria, al igual que yo lo estaba aprendiendo. Recordé cuando mis padres me dieron como caso perdido y dejaron de confiar de mí, fue en primero básico, cuando  mi maestra llamó a la policía como lo hizo había hecho un cuadro con más de cinco colores, aún no eran capaces superarlo.

-¿Por qué no pides mejor una metralleta para ir a cazar? Mi abuelo pidió una escopeta, yo pedí un rifle y tu hermano pidió un arma también. Ahora tiene una hermosa nueve milímetros y ya ha cazado a varios parásitos, mientras va a la universidad y trabaja, eso sin contar que es un excelente deportista y tiene a todas las mujeres de la región persiguiéndolo como moscas
.
Mi padre de verdad me irritaba cuando comenzaba a compararme con mi hermano, el que a pesar de ser una de las personas en que más confiaba, era también la persona a quien más quería derrotar, no había nada que él no pudiera hacer, por ejemplo, si pedían a alguien que pudiera hacer la decoración del gimnasio en poco más de tres días él ya era capaz de instalar una pista de hielo, contratar al circo ruso y dirigir a todos en la lengua vernácula de los malabaristas.

- Porque no quiero ir por ahí matando personas y siendo perfecto como el Nico, quiero tener una guitarra, sé que las venden si llenas el formulario y si no se las aprueban yo les consigo a alguien que las haga y nadie se entera.

 Tras varios cuartos de hora invertidos discutiendo con ellos logré que su “No” se transformara en “Veremos” y pude partir a clases tranquilo para encontrarme otra vez interno en el sistema dominante que me detestaba desde que había llegado en pañales pero que me había logrado controlar hasta hace poco tiempo atrás.

- Su tarjeta estudiantil por favor - me dijo la robótica y conocida voz de la portera electrónica del colegio. Saqué el cartoncillo plástico y lo deslicé por sobre el decodificador mientras las tuercas me quitaban la mochila para pasarla por los rayos X y comprobar que no llevara más que cuadernos y lápices magnéticos. – Todo en orden, alumno  Diego Felipe Sepúlveda Verdugo, identificado. La puerta giratoria se destrabó y finalmente pude entrar a los pasillos principales del establecimiento donde la misma voz de la portera repetía una y otra vez en cuenta regresiva “Dos minutos y medio para el toque de timbre, recomendamos entrar con anticipación a la sala de clases. Dos minutos para el toque de timbre, recomendamos entrar con anticipación a la sala de clases.” Cada día era menos capaz de resistirme al impulso de patear los numerosos parlantes que se empeñaban en recordarnos a cada minuto lo que se suponía que debíamos hacer aunque en el fondo sabía que era solo un arrebato y que no me atrevería ni a acercarme a ellos.

-Un minuto y te parto la cara para el toque de timbre, agg! cuanto odio a esta tipa- Escuché la inconfundible y burlesca voz de mi mejor amigo entre los silenciosos pasos que corrían a las diferentes salas de clases y aunque aún estuviera somnoliento lo saludé como siempre y abrí la puerta del aula 5 para entrar a una hora y media de anotar lo que la maravillosa grabadora nos dictaba mientras la pantalla mostraba gráficos e imágenes de historia. Sin embargo, no todo el día sería una pérdida de vida y energía. 

Una vez que la voz marcó el primer recreo unos gritos de rabia volvieron a resonar en los pasillos del colegio del “sector A-33”, gritos de lucha contra las puertas y contra las tuercas que hicieron llamar la atención de toda la zona mayor por lo que aproveché de saludar a un par de conocidos que miraban absortos e intrigados que era lo que producía tal alboroto.

-¡Sergio! – grité para poder encontrarme en la multitud con la única persona que entendería que estaba pasando, él me hizo señas desde adelante y me escabullí entre los de primero para llegar y una vez ahí pude hacerme un mapa de la situación, el recién transferido luchaba para que no le quitaran algo de su mochila mientras era inmovilizado por dos guardias de tuercas en la entrada.
-Encontraron algo en su mochila- dijo una de las menores retrocediendo y empujándome hacia la multitud mientras escuchaba otros rumores “Una botella de alcohol seguro”, “Quizás de donde viene este tipo”, “Escuché que ha estado varias veces en la cárcel”, “No creo que lo hayan detenido por una pistola, yo llevo la mía en la mochila”, sin embargo todos estaban equivocados, porque cosas tan simples como un arma no hubieran provocado que el director en persona saliera desde la sala 12 para dispersarnos. 

“Se le pide a todos los alumnos despejar el pasillo principal y retirarse a la zona de recreo” Comenzó a repetir mi querida voz robótica, sin embargo Sergio no se movía, estaba confiado o expectante a algo que podría cambiar su vida.

-Así que, Exequiel Fuenzalida- Escuché la profunda y espantosa voz director mientras me escondía tras la puerta abierta de mi sala de clases esperando a que Sergio quitara esa sonrisa de su rostro y me siguiera –Tu primer día ¿No? Eres nuevo así que esta vez sólo será una advertencia- escuché un par de golpes secos –No quiero volver a encontrarme con este tipo de atrocidades en mi colegio, no somos conocidos por ser una institución flácida y fácil de burlar- Sentí un par de zapatos caminando hacia el final del pasillo y otro par siendo arrastrado, así que me hundí más en mi escondite. 

Frente a mí se cruzó el gigantesco director con un objeto que no pude identificar en una mano y el chico nuevo arrastrado de la chaqueta en la otra directo hacia la oficina principal donde solo los estúpidos iban, tenía una expresión de indiferencia y al mismo tiempo de odio hacia todo lo que lo rodeaba, odio que se proyectaba de tal manera que no quería cruzarme con él bajo ninguna circunstancia por lo que di media vuelta y caminé hacia mi compañero.

- Wow - exhaló emocionado Tampier regresando hacia el aula –Ya veo porqué hay tantas leyendas urbanas sobre ese tipo, está loco, yo jamás miraría al “gigante” con esa cara y menos en esa situación, el nuevo trató de escapar el control ¿Te imaginas?, lanzó un CD en la maquina y mientras sonaba trató de ingresar un aparato extraño.
- Y de seguro esto va a dar pie a una nueva leyenda urbana “el chico que desafió a la voz, el que miró de lejos y el cobarde que se escondió tras la puerta”- dije aún afectado por la situación, Sergio me miro con su característica sonrisa burlona y continuó con su discurso. 
- No creo que eso importe, por el momento lo único que me interesa es ¿Ya te preguntaron que querías para tu cumpleaños?- yo simplemente sonreí y asentí, tenía un buen presentimiento


.